martes, 12 de marzo de 2013

LA TRISTEZA

La tristeza
debe acabar en pico
si no
no se comprende
esa facilidad
para clavarse dentro
muy dentro
sin romper huesos
ni tendones
hasta que ya está dentro
muy dentro
y ya es tarde.
Tarde para no estar triste.

miércoles, 23 de enero de 2013

DISFORIA

Disforia es lo contrario de euforia. Disforia es rechazo, es inconformismo, es expulsar de dentro hacia fuera. Disforia es gasolina en el incendio. Son balas para el suicida. Disforia es como una monstruosa tormenta que pretende borrarlo todo, pero que no logra tocar el suelo. Son vientos violentos que no arrancan hojas. Es frustración pasiva. Frustración interior. De la piel hacia dentro, y de los ojos hacia fuera.
Disforia es un espejo que no funciona. Un secreto que se llora pero no se dice. No hay capacidad para soportar el dolor – eso es la euforia –; el dolor se porta y se rechaza, no se asume. No se le quiere, aunque se le espera.

Y todo en silencio.

miércoles, 13 de junio de 2012

Que pase


Pasa el tiempo
y fue ayer
cuando el tiempo no pasaba,
apenas caminaba,
pasito a paso,
irreverente y atrevido
como si nada,
como si nunca
fuese a pasar.

Pasa el tiempo
y perdí la cuenta
de mis canas,
de mis penas,
de mis pasos,
de las historias,
que pasaron
cuando perdí la cuenta.

Corre el tiempo
y alego ausencias en la coronilla;
corre y pliega arrugas
- esas sí - de reír.
Corre tanto que cuelgan los ojos
y el vientre;
tanto, que aprieta una tonelada mi espalda
y hay salida libre por las ventanitas de la sal.

Pasa el tiempo
y esto acaba de empezar:
apenas salieron las hojas,
apenas agarraron las raíces,
apenas regó el jardinero,
ni arrancó el romántico la flor.
Este es el principio.
Por mil mundos que quedaron atrás
mil millones más pisaran mis pies,
que protestan
pero no se han cansado.

Pasa,
y no pasan las ganas
ni las sombras bajo el quicio de la puerta
ni se me pasa el amor
- miamor -
ni se gastan las letras
ni se pierde el consuelo.

Vendrá la pena
y vendrá la gloria.
Y pasará
como yo pasaré.
Pasará.

Que pase.

sábado, 9 de junio de 2012

Vuelta a empezar


Tengo el dedo pulgar roto.
El dedo de señalar, roto.
Tengo el corazón roto.
Anulado el cuarto dedo. Roto.
Y el más pequeño e inservible... lo mismo.
Roto del todo.
Tengo la palma de la mano rota.
Ese reverso sin nombre, lleno de tendones rotos.
No baila la muñeca, porque está rota,
ni pinta esquinas o se retuerce el codo. También está roto.
Tengo un millón de huesecillos y músculos rotos.
Y con el brazo izquierdo pasa igual. Roto.
Me encogería de hombros – tal vez, nada importe tanto-.
Pero no puedo, tengo los hombros rotos.
He visto pasar ante mis ojos un infinito de musas que ni nacer pudieron en este mundo quebrado. 
Están rotas 
porque yo soy un poeta callado, 
y ellas van con prisas...
No me esperan.
¿Ves? Ya se han marchado.
He visto caer millones de ideas que no sirven de nada porque son los pedazos de una misma.
De una misma idea rota.
Me reitero y me reinvento. Me repito y protesto de más, porque de menos no aparecen mis ecos.
Y nada.
Todo, hasta los ecos, suenan rotos.

Roto. 
Todo. 
Creo...

O, tal vez...
Tal vez no sean dedos, sino plumas mojadas.
Tal vez no sean brazos, sino alas plegadas.
Tal vez no estén rotos, sólo aburridos de mí.
Tal vez no importe cuánto tiempo pase
porque pasa
como el viento
[como el sueño]
y llega
y te lleva
y ya.
Vuelta a empezar.

jueves, 26 de enero de 2012

Hablo de trajes, jurados y públicas vergüenzas
Hablo de gasolineras, cocaína a subvención y “ere que ere”
Hablo de todos, sin siglas ni letras
Hablo de príncipes destronados y yernos que dan dolor de cabeza
Hablo de rubias princesas con tintes descerebrados
Hablo de reyes que miran al lado sobre el que se derrama su corona
Hablo de pobres que pagan las crisis
y ricos que piden sus cuentas
Hablo de números que no tienen lágrimas
Hablo de quienes por no poder comer, sólo pueden llorar
Hablo de un paro que es un parón en los sueños del pueblo indignado
Hablo de barcos que se hunden
y capitanes que imploran a la casualidad
Hablo del derecho violado al vientre propio
Hablo de bolsos de lujo llenitos de mierda
Hablo de talegas mugrientas vacías de pan
Hablo del cuerno de África que grita y no tiene garganta
y de los que no escuchan porque no saben escuchar
Hablo de la naturaleza muerta que no cabe en el lienzo
Hablo del perro que grita, porque no puede ladrar
Hablo del albañil sin ladrillo,
del teatro sin butacas,
del poderoso sin miras,
del periodista sin prensa
Hablo de un mundo que ya no se encuentra
Hablo y por no callar ni abro la boca
Hablo, por no gritar
Por no perder la cabeza.

lunes, 31 de octubre de 2011

DE ESOS DOCUMENTOS QUE ENCUENTRAS, ABRES POR CASUALIDAD Y NI RECUERDAS QUE EXISTÍAN, NI RECUERDAS CUÁNDO ESCRIBISTE ESO QUE JAMÁS TERMINASTE. NI TERMINARÁS...


Es mi desgracia personal. Una de ellas, al menos. La última vez que besé bien a una chica fue, precisamente, la primera vez que una chica me comentó lo bien que besaba. Y desde entonces, nunca más. Ni que decir tiene que la muy cuestionable cuestión del “bienbesar” pone en evidencia desde el principio que nada de lo que voy a contar a continuación tiene el más mínimo sentido si no se contempla desde los dudosos ojos de un muy dudoso narrador; que, además, ese mismo narrador - yo mismo - fue el que se encargó de certificar que antes de aquella afirmación – la de lo bien que besaba – besaba estupendamente; y que, a posteriori y como consecuencia de la misma, había dejado de hacerlo bien para siempre. Vamos, subjetividad pura y dura.

Aclarado esto, debo aclarar también que aquel famoso beso no fue, ni mucho menos, el primero. El primer beso lo recuerdo a la perfección, tal vez porque a la perfección – una vergonzante perfección, no obstante – fue diseñado, planeado, ejecutado y, durante el resto de los tres años que pasaron hasta el siguiente beso, convenientemente fanfarroneado ante mi grupo de amigos, todos ellos “vírgenes” en ese y en todos los demás sentidos. Si dijera que fue fácil, mentiría; si dijera que me gustó, mentiría; si dijera que fui realmente consciente del ridículo que hacía manteniendo postrada a aquella niña de doce años – yo tenía once – en un oscuro callejón esperando a que me atreviera, de una vez, a besarla, tras dos o tres horas de ensayos y pruebas no superadas, validaría con la mayor las dos mentiras anteriores. Eso sí, con el paso de los años la chica que tuvo el dudoso honor de esperar en aquel oscuro callejón fue debidamente embellecida por mis fanfarronerías ayudada, en parte, por el olvido; en parte, también, por las ganas de olvidar. Nunca volví a ver a aquella chica. Su padre la castigó por las malas notas días después del callejón, y decidió encerrarse eternamente en casa estudiar. O, al menos, eso me dijo. El caso es que la última vez que besé bien a una chica, bastantes años después de aquel callejón, también aquel beso había sido perfectamente diseñado y planeado, aunque esta vez por exigencias del guión. Y todo por culpa de la invisibilidad.

Durante los ocho años que me había pasado en el colegio no protagonicé ningún acto voluntario o involuntario con el que acaparase la atención - ni total ni parcial - de mis compañeros en ni uno solo de los treinta minutos de recreo. Ni una sola pelea, ni vencida ni perdida, ni un gol en el último minuto, ni un punto de sutura, ni siquiera unas notas lo suficientemente bajas. La invisibilidad de mi paso por la EGB sólo podría ser comparada con el rechazo generalizado que supuso mi paso por el BUP. Y aunque cualquier inseguro profesional sabe que "rechazo nunca vence a invisibilidad" – más vale ser visto por quien sea, aunque sólo sea para que quiensea te lance una pedrada, que formar parte de la masa trasparente nunca siquiera apedreada – éste siempre acaba por multiplicar sus posteriores consecuencias. Y mi oportunidad, mi gran oportunidad para ser recordado, vendería todas sus papeletas en la fiesta de fin de curso, el último día, antes de la última despedida.

(Sin fecha. Sin concluir. Sin corregir.)


A SABER QUÉ HISTORIA QUEDARÍA ENTONCES COMO UNA MÁS JAMÁS CONTADA.

miércoles, 17 de agosto de 2011

'NO PUEDO'

Lo reconozco: no me gusta este Papa. El anterior, aunque era más simpático, más guapo y acabó convirtiéndose en un adorable viejecito… tampoco. Podría decirse que no me gustan los papas, en general, pero sólo he conocido a estos dos. No me gusta su mensaje, ni me gustan las implicaciones históricas que la Iglesia Católica ha ido posando en la memoria y la actitud colectiva mundial (miedo al castigo divino, rechazo al placer sexual, machismo, conservadurismo, beligerancia hacia otras religiones o pensamientos contrarios, etc.) Reconozco la labor humanitaria de la Iglesia por todo el mundo, pero entiendo que ésta sería mucho más efectiva si se encargasen de ella organismos u organizaciones laicas que prescindieran de las implicaciones que acabo de nombrar, centrándose básicamente en ayudar a los que necesitan ayuda sin tener los necesitados que pagar, a cambio de la ayuda, un peaje de adoctrinamiento.
Aun así, en principio, no me muestro contrario a estas Jornadas Mundiales de la Juventud que han convertido Madrid en una auténtica marea de coros, oraciones, crucifijos, banderas, confesionarios portátiles y mochilas de colores. Entiendo que quien quiera expresar su orgullo religioso – al igual que otros expresamos nuestro “orgullo” sexual o, simplemente, nuestras ganas de pasarlo bien – tiene todo el derecho a hacerlo y que, además, el Estado, la comunidad o el ayuntamiento de turno debe encargarse de gestionar estos encuentros para garantizar la seguridad y el bienestar tanto de los “peregrinos” como del resto de vecinos. Pero para mí hay muchos “peros”: más allá de que no pueda evitar que el ver a estos chicos cantando a Jesucristo por las calles me ponga los pelos de punta, hay muchísimas cosas con las que NO PUEDO, y voy a resumirlas en tres:



1.- Al contrario de lo que parece que es más habitual, yo no critico que el Estado o el Ayuntamiento de Madrid se gaste dinero en “acoger” a los peregrinos. Entiendo que ese dinero se multiplicará en beneficios para la ciudad, pues estos chicos no viven sólo de rezar y tragar hostias y vino bendito. Además, tienen que comer cosas "normales", beber cosas "normales", comprarse trapitos… En definitiva, consumir. Ahora bien, NO PUEDO con el trato de favor, no puedo con los descuentos en transportes (¿se puede saber adónde van estos niños que necesitan moverse tanto? ¿Se van a recorrer todas las iglesias del extrarradio?), no puedo con los colegios de “acogida”. No puedo, en definitiva, con el exceso de mimo de unos visitantes que ni son más ni son menos que las decenas de miles de maricones que vienen a Madrid en el orgullo y que se tienen que pagar sus hoteles, su popper y sus cuartitos oscuros como todo hijo de vecino.



2.- Me pone muy nervioso, además, que la Iglesia invierta tantos millones en un acto multitudinario como éste en un momento en el que la gente sigue muriendo de hambre y en el que la crisis está asfixiando a medio mundo. En un momento en el que la clase política empieza a plantearse - por fin - reducir sus beneficios; en los que incluso se ahorra en escoltas. No es demagogia, es que NO PUEDO con el exceso de pomposidad. “Predicar con el ejemplo”, no sé si os suena…



3.- Afirmar que uno es “católico no practicante” es como afirmar que uno es “futbolista que no juega al fútbol”. Si no vas a misa los domingos, practicas sexo antes o fuera del matrimonio, mientes, te juntas con mujeres malas, usas condón o te casas por la iglesia para recoger los sobres y pagar con ellos el ajuar NO ERES CATÓLICO. Puedes creer en Dios, en Jesucristo, en la Virgen del Rocío, en Santa Justa y Rufina o, si me apuras, afirmar que eres Cristiano. Pero no eres Católico, así que no me des lecciones a mí que sólo creo en mi bendita madre, ni te escudes en ese supuesto 70% de la población española que profesa esa religión. Porque es mentira. NO PUEDO contigo, espectador adoctrinante...



Con todo, y a pesar de todo, creo que aquellos que no nos sentimos representados por estas Jornadas, ni por el mensaje de la Iglesia - he obviado la crítica a la homofobia, el rechazo al condón en un Tercer Mundo que se muere de hambre o la pederastia porque me enciendo, y vengo calmado... -, debemos respetar a los peregrinos, debemos, incluso, comprenderles, y comportarnos con ellos como nos gustaría que se comportaran con nosotros.




Y, por supuesto, rezar para que se vayan pronto.