lunes, 23 de septiembre de 2013

Perspectiva horizontal


Soy un niño que se escapó.
El niño que fui y que ya no soy.
Soy un niño muerto.
Todos lo somos.

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Me pides palabras. Me abrazas y me pides palabras.
No te basta la cartografía que hice de tu espalda.*
Quieres palabras. Y yo te doy silencio.
Casi respondo que tu boca me las robó,
pero hubieran sido excusas.
No te doy mis palabras porque me parece que nacen siendo gigantes
y mueren minúsculas en tu mirada.


*[AQUELLA CARTOGRAFÍA]
"Quiero echar raíces
en la curva de tu espalda
y no pasar nunca más
por esto de echarte de menos.
Avisa si te seco la tierra
que yo despliego mis ramas"



Disparos al aire en la perspectiva de mi cuerpo horizontal.




lunes, 25 de marzo de 2013

La marca

Hay una pequeña marca justo a la derecha de la curva de tu nariz, bajo las pestañas más pequeñas, las de abajo, que no puedo dejar de recordar. Y es un poco absurdo, porque según me contaste, el origen de esa marca es algo tan poco romántico, tan poco evocador, como la costra de una herida de varicela que te arrancaste antes de tiempo en tu infancia. Tú y tu maldita impaciencia...

He olvidado el sabor de tu saliva, que antes tanto me gustaba. Y casi he olvidado, también, las veces que discutíamos por aquellas cosas tan tontas, como poner o no poner cortinas en el salón. Qué más da, si ni siquiera recuerdo hacia dónde miraban nuestras ventanas. 

No tengo claro dónde nos conocimos, ni quién dijo la primera palabra, ni qué palabra fue. No recuerdo nuestros tres aniversarios, ni qué me regalaste por mi cumpleaños, ni qué te regalé. Tengo una cajita llena de detalles a los que no logro encontrar fecha ni lugar. No sé por qué no te la llevaste también.

Sigo pensando, y apenas recuerdo a tus padres, o a esa amiga tan pesada que insistía en ser mi amiga. No recuerdo nuestra canción, tal vez porque nunca tuvimos ninguna; o tal vez porque nunca fue nuestra del todo, sólo uno más de esos trucos con los que tratabas de contagiarme tus gustos…

Pero esa marca, esa que tienes justo a la derecha de la curva de tu nariz, bajo las pestañas más pequeñas, no para de venirme a la memoria. Y me siento estúpido, y vulnerable, porque esa marca sólo aparecía cuando te reías.

martes, 12 de marzo de 2013

LA TRISTEZA

La tristeza
debe acabar en pico
si no
no se comprende
esa facilidad
para clavarse dentro
muy dentro
sin romper huesos
ni tendones
hasta que ya está dentro
muy dentro
y ya es tarde.
Tarde para no estar triste.

miércoles, 23 de enero de 2013

DISFORIA

Disforia es lo contrario de euforia. Disforia es rechazo, es inconformismo, es expulsar de dentro hacia fuera. Disforia es gasolina en el incendio. Son balas para el suicida. Disforia es como una monstruosa tormenta que pretende borrarlo todo, pero que no logra tocar el suelo. Son vientos violentos que no arrancan hojas. Es frustración pasiva. Frustración interior. De la piel hacia dentro, y de los ojos hacia fuera.
Disforia es un espejo que no funciona. Un secreto que se llora pero no se dice. No hay capacidad para soportar el dolor – eso es la euforia –; el dolor se porta y se rechaza, no se asume. No se le quiere, aunque se le espera.

Y todo en silencio.

miércoles, 13 de junio de 2012

Que pase


Pasa el tiempo
y fue ayer
cuando el tiempo no pasaba,
apenas caminaba,
pasito a paso,
irreverente y atrevido
como si nada,
como si nunca
fuese a pasar.

Pasa el tiempo
y perdí la cuenta
de mis canas,
de mis penas,
de mis pasos,
de las historias,
que pasaron
cuando perdí la cuenta.

Corre el tiempo
y alego ausencias en la coronilla;
corre y pliega arrugas
- esas sí - de reír.
Corre tanto que cuelgan los ojos
y el vientre;
tanto, que aprieta una tonelada mi espalda
y hay salida libre por las ventanitas de la sal.

Pasa el tiempo
y esto acaba de empezar:
apenas salieron las hojas,
apenas agarraron las raíces,
apenas regó el jardinero,
ni arrancó el romántico la flor.
Este es el principio.
Por mil mundos que quedaron atrás
mil millones más pisaran mis pies,
que protestan
pero no se han cansado.

Pasa,
y no pasan las ganas
ni las sombras bajo el quicio de la puerta
ni se me pasa el amor
- miamor -
ni se gastan las letras
ni se pierde el consuelo.

Vendrá la pena
y vendrá la gloria.
Y pasará
como yo pasaré.
Pasará.

Que pase.

sábado, 9 de junio de 2012

Vuelta a empezar


Tengo el dedo pulgar roto.
El dedo de señalar, roto.
Tengo el corazón roto.
Anulado el cuarto dedo. Roto.
Y el más pequeño e inservible... lo mismo.
Roto del todo.
Tengo la palma de la mano rota.
Ese reverso sin nombre, lleno de tendones rotos.
No baila la muñeca, porque está rota,
ni pinta esquinas o se retuerce el codo. También está roto.
Tengo un millón de huesecillos y músculos rotos.
Y con el brazo izquierdo pasa igual. Roto.
Me encogería de hombros – tal vez, nada importe tanto-.
Pero no puedo, tengo los hombros rotos.
He visto pasar ante mis ojos un infinito de musas que ni nacer pudieron en este mundo quebrado. 
Están rotas 
porque yo soy un poeta callado, 
y ellas van con prisas...
No me esperan.
¿Ves? Ya se han marchado.
He visto caer millones de ideas que no sirven de nada porque son los pedazos de una misma.
De una misma idea rota.
Me reitero y me reinvento. Me repito y protesto de más, porque de menos no aparecen mis ecos.
Y nada.
Todo, hasta los ecos, suenan rotos.

Roto. 
Todo. 
Creo...

O, tal vez...
Tal vez no sean dedos, sino plumas mojadas.
Tal vez no sean brazos, sino alas plegadas.
Tal vez no estén rotos, sólo aburridos de mí.
Tal vez no importe cuánto tiempo pase
porque pasa
como el viento
[como el sueño]
y llega
y te lleva
y ya.
Vuelta a empezar.

jueves, 26 de enero de 2012

Hablo de trajes, jurados y públicas vergüenzas
Hablo de gasolineras, cocaína a subvención y “ere que ere”
Hablo de todos, sin siglas ni letras
Hablo de príncipes destronados y yernos que dan dolor de cabeza
Hablo de rubias princesas con tintes descerebrados
Hablo de reyes que miran al lado sobre el que se derrama su corona
Hablo de pobres que pagan las crisis
y ricos que piden sus cuentas
Hablo de números que no tienen lágrimas
Hablo de quienes por no poder comer, sólo pueden llorar
Hablo de un paro que es un parón en los sueños del pueblo indignado
Hablo de barcos que se hunden
y capitanes que imploran a la casualidad
Hablo del derecho violado al vientre propio
Hablo de bolsos de lujo llenitos de mierda
Hablo de talegas mugrientas vacías de pan
Hablo del cuerno de África que grita y no tiene garganta
y de los que no escuchan porque no saben escuchar
Hablo de la naturaleza muerta que no cabe en el lienzo
Hablo del perro que grita, porque no puede ladrar
Hablo del albañil sin ladrillo,
del teatro sin butacas,
del poderoso sin miras,
del periodista sin prensa
Hablo de un mundo que ya no se encuentra
Hablo y por no callar ni abro la boca
Hablo, por no gritar
Por no perder la cabeza.

lunes, 31 de octubre de 2011

DE ESOS DOCUMENTOS QUE ENCUENTRAS, ABRES POR CASUALIDAD Y NI RECUERDAS QUE EXISTÍAN, NI RECUERDAS CUÁNDO ESCRIBISTE ESO QUE JAMÁS TERMINASTE. NI TERMINARÁS...


Es mi desgracia personal. Una de ellas, al menos. La última vez que besé bien a una chica fue, precisamente, la primera vez que una chica me comentó lo bien que besaba. Y desde entonces, nunca más. Ni que decir tiene que la muy cuestionable cuestión del “bienbesar” pone en evidencia desde el principio que nada de lo que voy a contar a continuación tiene el más mínimo sentido si no se contempla desde los dudosos ojos de un muy dudoso narrador; que, además, ese mismo narrador - yo mismo - fue el que se encargó de certificar que antes de aquella afirmación – la de lo bien que besaba – besaba estupendamente; y que, a posteriori y como consecuencia de la misma, había dejado de hacerlo bien para siempre. Vamos, subjetividad pura y dura.

Aclarado esto, debo aclarar también que aquel famoso beso no fue, ni mucho menos, el primero. El primer beso lo recuerdo a la perfección, tal vez porque a la perfección – una vergonzante perfección, no obstante – fue diseñado, planeado, ejecutado y, durante el resto de los tres años que pasaron hasta el siguiente beso, convenientemente fanfarroneado ante mi grupo de amigos, todos ellos “vírgenes” en ese y en todos los demás sentidos. Si dijera que fue fácil, mentiría; si dijera que me gustó, mentiría; si dijera que fui realmente consciente del ridículo que hacía manteniendo postrada a aquella niña de doce años – yo tenía once – en un oscuro callejón esperando a que me atreviera, de una vez, a besarla, tras dos o tres horas de ensayos y pruebas no superadas, validaría con la mayor las dos mentiras anteriores. Eso sí, con el paso de los años la chica que tuvo el dudoso honor de esperar en aquel oscuro callejón fue debidamente embellecida por mis fanfarronerías ayudada, en parte, por el olvido; en parte, también, por las ganas de olvidar. Nunca volví a ver a aquella chica. Su padre la castigó por las malas notas días después del callejón, y decidió encerrarse eternamente en casa estudiar. O, al menos, eso me dijo. El caso es que la última vez que besé bien a una chica, bastantes años después de aquel callejón, también aquel beso había sido perfectamente diseñado y planeado, aunque esta vez por exigencias del guión. Y todo por culpa de la invisibilidad.

Durante los ocho años que me había pasado en el colegio no protagonicé ningún acto voluntario o involuntario con el que acaparase la atención - ni total ni parcial - de mis compañeros en ni uno solo de los treinta minutos de recreo. Ni una sola pelea, ni vencida ni perdida, ni un gol en el último minuto, ni un punto de sutura, ni siquiera unas notas lo suficientemente bajas. La invisibilidad de mi paso por la EGB sólo podría ser comparada con el rechazo generalizado que supuso mi paso por el BUP. Y aunque cualquier inseguro profesional sabe que "rechazo nunca vence a invisibilidad" – más vale ser visto por quien sea, aunque sólo sea para que quiensea te lance una pedrada, que formar parte de la masa trasparente nunca siquiera apedreada – éste siempre acaba por multiplicar sus posteriores consecuencias. Y mi oportunidad, mi gran oportunidad para ser recordado, vendería todas sus papeletas en la fiesta de fin de curso, el último día, antes de la última despedida.

(Sin fecha. Sin concluir. Sin corregir.)


A SABER QUÉ HISTORIA QUEDARÍA ENTONCES COMO UNA MÁS JAMÁS CONTADA.

miércoles, 17 de agosto de 2011

'NO PUEDO'

Lo reconozco: no me gusta este Papa. El anterior, aunque era más simpático, más guapo y acabó convirtiéndose en un adorable viejecito… tampoco. Podría decirse que no me gustan los papas, en general, pero sólo he conocido a estos dos. No me gusta su mensaje, ni me gustan las implicaciones históricas que la Iglesia Católica ha ido posando en la memoria y la actitud colectiva mundial (miedo al castigo divino, rechazo al placer sexual, machismo, conservadurismo, beligerancia hacia otras religiones o pensamientos contrarios, etc.) Reconozco la labor humanitaria de la Iglesia por todo el mundo, pero entiendo que ésta sería mucho más efectiva si se encargasen de ella organismos u organizaciones laicas que prescindieran de las implicaciones que acabo de nombrar, centrándose básicamente en ayudar a los que necesitan ayuda sin tener los necesitados que pagar, a cambio de la ayuda, un peaje de adoctrinamiento.
Aun así, en principio, no me muestro contrario a estas Jornadas Mundiales de la Juventud que han convertido Madrid en una auténtica marea de coros, oraciones, crucifijos, banderas, confesionarios portátiles y mochilas de colores. Entiendo que quien quiera expresar su orgullo religioso – al igual que otros expresamos nuestro “orgullo” sexual o, simplemente, nuestras ganas de pasarlo bien – tiene todo el derecho a hacerlo y que, además, el Estado, la comunidad o el ayuntamiento de turno debe encargarse de gestionar estos encuentros para garantizar la seguridad y el bienestar tanto de los “peregrinos” como del resto de vecinos. Pero para mí hay muchos “peros”: más allá de que no pueda evitar que el ver a estos chicos cantando a Jesucristo por las calles me ponga los pelos de punta, hay muchísimas cosas con las que NO PUEDO, y voy a resumirlas en tres:



1.- Al contrario de lo que parece que es más habitual, yo no critico que el Estado o el Ayuntamiento de Madrid se gaste dinero en “acoger” a los peregrinos. Entiendo que ese dinero se multiplicará en beneficios para la ciudad, pues estos chicos no viven sólo de rezar y tragar hostias y vino bendito. Además, tienen que comer cosas "normales", beber cosas "normales", comprarse trapitos… En definitiva, consumir. Ahora bien, NO PUEDO con el trato de favor, no puedo con los descuentos en transportes (¿se puede saber adónde van estos niños que necesitan moverse tanto? ¿Se van a recorrer todas las iglesias del extrarradio?), no puedo con los colegios de “acogida”. No puedo, en definitiva, con el exceso de mimo de unos visitantes que ni son más ni son menos que las decenas de miles de maricones que vienen a Madrid en el orgullo y que se tienen que pagar sus hoteles, su popper y sus cuartitos oscuros como todo hijo de vecino.



2.- Me pone muy nervioso, además, que la Iglesia invierta tantos millones en un acto multitudinario como éste en un momento en el que la gente sigue muriendo de hambre y en el que la crisis está asfixiando a medio mundo. En un momento en el que la clase política empieza a plantearse - por fin - reducir sus beneficios; en los que incluso se ahorra en escoltas. No es demagogia, es que NO PUEDO con el exceso de pomposidad. “Predicar con el ejemplo”, no sé si os suena…



3.- Afirmar que uno es “católico no practicante” es como afirmar que uno es “futbolista que no juega al fútbol”. Si no vas a misa los domingos, practicas sexo antes o fuera del matrimonio, mientes, te juntas con mujeres malas, usas condón o te casas por la iglesia para recoger los sobres y pagar con ellos el ajuar NO ERES CATÓLICO. Puedes creer en Dios, en Jesucristo, en la Virgen del Rocío, en Santa Justa y Rufina o, si me apuras, afirmar que eres Cristiano. Pero no eres Católico, así que no me des lecciones a mí que sólo creo en mi bendita madre, ni te escudes en ese supuesto 70% de la población española que profesa esa religión. Porque es mentira. NO PUEDO contigo, espectador adoctrinante...



Con todo, y a pesar de todo, creo que aquellos que no nos sentimos representados por estas Jornadas, ni por el mensaje de la Iglesia - he obviado la crítica a la homofobia, el rechazo al condón en un Tercer Mundo que se muere de hambre o la pederastia porque me enciendo, y vengo calmado... -, debemos respetar a los peregrinos, debemos, incluso, comprenderles, y comportarnos con ellos como nos gustaría que se comportaran con nosotros.




Y, por supuesto, rezar para que se vayan pronto.

lunes, 23 de mayo de 2011

Mi 'Spanish Revolution'


Para mí, todo comenzó con 'El Roto'. Ya antes había sido testigo de los primeros movimientos. Primero, con escepticismo; luego, con curiosidad; más tarde, con emoción contenida y expectante. Pero, como digo, todo comenzó, para mí, con 'El Roto': con su viñeta, con una frase que me ancló la ilusión en un lugar que había olvidado. Y, a partir de ahí, ya se quedó, creció y revolvió cosas que estaban secas, estancas, vacías. Primero fue eso de 'Democracia Real Ya'. Luego bailó entre un sinfín de acepciones que desde la 'Spanish revolution' al 'Toma la plaza' fueron ganando una a una todas las batallas para convertirse en un grito masivo, bienintencionado, esperado, rotundo y sincero de indignación y hartazgo. Un grito que creció horizontal y ascendió hasta mucho más allá del reloj de una Puerta del Sol sorprendida de que no estuviéramos despidiendo el año. Un grito pronunciado por tantas sensibilidades diferentes como gestos, acciones, intenciones, "solidaridades" se encontraban allí reunidas; de las que fui testigo, de las que me confirmaron que aquello era diferente y único.

Y pasaron muchas cosas. Se dijeron muchas cosas. Se escucharon muchas cosas. Algunas las escuché de cerca, y otras me conformé con intuirlas desde mi silla de todos los días. Y he deseado volver a empezar sólo para vivir todo esto como sólo lo podía vivir hace diez años, cuando el pozo era mucho menos profundo.

Nadie me va a quitar lo que ha pasado. No a mí, al menos. Nadie lo va a convertir en otra cosa. Nadie va a restarle nada, ni va a pintarlo de ningún color, ni va nadie a decirme que no pasó, ni que lo que pasó no era lo que yo creía que pasaba. No a mí, al menos. Ni siquiera a mí, que tal vez sólo fui un oyente avergonzado.

Un 15 de mayo cambió todo. Ahora, cuando el tiempo, el cansancio, la decepción o el peso de lo inconcreto pudiera abrir las vías de la plaza a la rutina o la rendición, es cuando el golpe debe ser más fuerte. Ahora, cuando es mucho más difícil.

No sé qué pasará. Pero sí sé qué pasó, y eso es mucho más de lo que hubiera podido imaginar. Y no estoy hablando de política, por si alguno llevaba cinco párrafos equivocado.

lunes, 28 de marzo de 2011

EVIDENCIA


Me muestro porque así me enseñaron,
porque nunca aprecié demasiado lo íntimo
porque nunca me cansé de quedarme desnudo.

Me muestro porque mis vergüenzas
siempre andaron al aire,
caminando entre lo crudo y lo luminoso,
a la vista de todos,
donde todos pudieran ser espectadores.

Me muestro porque no me da miedo la evidencia,
porque me evidencio desde que sé que soy,
desde que me despiojaban de cara a la ventana,
desde que tertuliaran sobre mis pulsiones nocturnas,
desde que mojaba la cama a la vista de todos.
Desde que la degracia se publicara en todos los boletines
que yo aún desconociera.

Me muestro para todos y, muy especialmente,
para mí.
Es la evidencia de mi exhibicionismo heredado,
aprendido,
asumido.
Exhibicionismo exhibido.

Me muestro así para que así me vean,
para dar motivos, también, para que me critiquen,
para no darle un disgusto a la costumbre
ni al ego.
Eso, sobre todo.
Nunca darle un disgusto al ego.


martes, 15 de marzo de 2011

...dejar que el velo caiga...

Hace cinco años entré muy nervioso nervioso y muy pequeño a la redacción de '59 segundos', el programa en el que iba a realizar mis primeras prácticas televisivas. Yo era cinco años más joven, cinco años menos listo, cinco años más inocente y cobarde. Cinco años menos periodista, o lo que sea que fui o soy.

Entonces la vi. No se me olvida, porque enseguida la admiré. Llevaba una camiseta blanca y pantalones vaqueros, era guapa, y muy rápida. Leía el periódico, opinaba, aportaba, escribía, trabajaba. Actuaba como lo que yo siempre pensé que sería ser periodista, pero permaneciendo en todo momento muy lejos de lo que yo pensaba que sería ser una guapa presentadora. Cinco años después yo soy lo que sea que soy, sea lo que sea en quien me he convertido. Cinco años después, ella es Ana Pastor.



Ojalá yo sea también capaz de dejar que el velo caiga...



miércoles, 2 de marzo de 2011

Disparos de una pistola descargada

Una vez.

Explotar. Sudar todo lo oscuro, lo inservible, y explotar . Dejar que desaparezca en un millón de ríos de basura absurda e inadaptada. En un millón de disparos de esta pistola descargada. Dejar que corra como corrieron las lágrimas - las que derramé y las que contuve sin poderlo evitar-. Expulsar las entrañas para liberarlas de sus extrañas miradas, de sus intenciones, de una cobardía que me golpea una y otra vez.

Otra vez.

Romper. Romper los lazos que no atan nada. Romper las cuerdas que guardan el lastre que me precipita. Romper el síndrome del cariño de plástico que ata mis pies al suelo, al mismo suelo, a suelo de cada día.

Una vez más.

Maldecir. Maldecir el tiempo perdido, el tiempo atado en corto, el tiempo marrullero y peleón, el tiempo que no marcó mi reloj. El tiempo que no vivió conmigo.

(Vuelve a intentarlo...)

Una última vez.

Recordar. Recordar aquel sueño que de ti mismo tuviste una vez. Recordar aquel camino que construiste con los escombros de tu propia derrota. Recordar los golpes más duros que supiste encajar. Recordarle a él. Y a ella. Y a él.

(¿Otra?)


Otra más.








¿Continuar...?



martes, 15 de febrero de 2011

El pan de la Cultura

Mi madre tiene una residencia de ancianos.
Lo que reclaman es algo parecido a que un buen día llegara una señora, instalase a su anciana madre en una de las habitaciones, donde sería cuidada cada día, alimentada y tratada con cariño, medicada, aseada y, en la medida de lo posible, curada de los males del cuerpo y el alma. Y, al final del mes, esa señora se negara a pagar alegando que la puerta estaba abierta.

Antonio, el frutero de mi barrio, lleva 30 años viniendo cada semana con su furgoneta para vender con su mejor sonrisa y el brillo de su calva sus peras, sandías o melones, dependiendo de la temporada. Abre la furgoneta y ahí están, no hay rejas ni alambrada que separen al cliente del género.
Lo que reclaman es algo parecido a llevarse alegremente dos o tres kilos de esa fruta y alegar que no pagan porque estaba, simplemente, al alcance de su mano.

Yo fui bastante fan del "botellón". Siempre lo consideré la mejor manera de socializar un sábado por la noche, en la calle y rodeados de conocidos y desconocidos, sin música que no te permita escuchar, sin humo - eran otros tiempos - ni copas limitadas y caras. Pero cuando lo prohibieron, lo entendí. Comprendí que el descanso de la gente, su derecho a no despertar rodeados de meadas y cristales rotos, estaba por encima de mi afición.
Lo que reclaman es algo parecido a decidir que mi derecho a divertirme todo lo libre y ruidosamente que quiera está por encima del derecho de las demás personas a disfrutar de la mañana de domingo sin ojeras ni obstáculos que sortear.

Es obvio que tiro de casuística y una pizca de demagogia para plantear mi posicionamiento en toda esta polémica que se ha vuelto a volver a poner de moda y que tiene que ver con los derechos de autor y el derecho que tenemos a seguir viviendo en la comodidad de tener todo un mundo de cine, música o televisión al alcance de un clic, a coste cero y sin el más mínimo remordimiento - aunque yo, lo reconozco, no he sentido ese remordimiento jamás -. Y mi posicionamiento está bastante cercano a la corriente que considera que un país democrático no puede permitir que el pan de la Cultura se pierda por la comodidad, la costumbre, el egoismo o una idea tan antigua como esa que nos muestra al Estado como algo parecido a un inquisidor malvado y oscuro que pretende robarnos la libertad.

Yo no defiendo leyes concretas, ni presidentes de las Academias, ni ministras mediocres, ni bardenes ni esgaes, ni mantas ni seriesyonkis. Lo que yo defiendo es que hay que aceptar que las reglas del juego han cambiado y es el momento de aceptarlas, sí; que el modelo está obsoleto y hay que modernizarlo, adaptarlo a las nuevas necesidades y hacerlo atractivo y sostenible, sí; que nada de esta complejidad se arregla en un día, ni en una legislatura, ni con un golpe de efecto electoral, sí.; que pocas cosas en el mundo me gustan tanto como ir al cine, con palomitas y buena compañía, pero que disfruto también y todo lo que puedo de escuchar música en Spotify. Y, por encima de todas las cosas, lo que defiendo es la necesidad de darles su lugar a todos los creadores y artistas, a los que nos hacen soñar, a los que nos sacan de la gris y fría realidad. Un mundo sin cultura, y sin su pan, sería un lugar en el que yo, al menos yo, no querría vivir.


martes, 8 de febrero de 2011

No es Astronomía.


Podría ser sólo Astronomía. El paso de un año podría implicar, básicamente, lo que sea que implique ese ciclo reiterativo y constante que lleva a la Tierra a dar una vuelta alrededor del Sol. Sin más. Pero no, en este caso esto del año no trata de eso de la Astronomía.
Es el peso de una madrugada que nunca pude terminar. Que nunca terminó. Es el peso de la ausencia y del silencio, de la espera[nza] y la impaciencia, de la decepción y el agradecimiento, de siete nombres que ya no volvieron a ser contestados, que martillean la memoria de quienes nunca decidimos ni quisimos dejar de pronunciarlos. Siete nombres. Y el tuyo, tita, entre ellos. Tu nombre, en el que tantas veces pensé cuando sólo era un niño y tú eras uno de los motivos por los que ser feliz. Y en el que tanto sigo pensando. Tu nombre...
Un instante para callar sus risas, sus protestas o sus silencios. Y un año para recordarlos. Cada día. Todos los días. Y ahora sólo nos queda pensar en llenar esas paredes, en abrir esas puertas, en borrar de pisarlo el suelo de unos pasillos que esperan, y esperan, y esperan...
Sea por ellos. Por nosotros. Sea, sobre todo, por ella, que no es más que mi madre, y se lo merece todo...

domingo, 8 de agosto de 2010

SOPA DE ESTRELLAS Y MANOJOS DE JAZMINES


“A ella le encantaba bailar. Le volvía loca bailar. Sonaba la música, y daba vueltas como si nada más importara en el mundo, como si no importara el tiempo ni el suelo bajo sus pies, como si pudiera volar...

La última vez que la vi, bailaba.”



Tengo guardado uno de esos recuerdos de infancia que no por cotidianos, repetidos a lo largo de cada día durante muchos años, dejan de ser importantes. Muy importantes. Vitales.

Las diez de la noche era el momento del día que más esperaba cuando era un niño y no encontraba a mis hermanos, cuando no me bastaban mis amigos y me sentía solo... era el momento que más esperaba porque a esa hora llegaba mi madre de trabajar, y nada más importaba... Pero yo era un niño un poco sensible – por no decir un llorón - y a las diez menos diez empezaba a llorar. Daba paseos con la vista clavada en la esquina por la que mi madre debía aparecer, con gesto de nervioso drama, y el tiempo no pasaba...

Y la recuerdo a ella, a mi vecina, a mi vecina de toda una vida, venir a mi lado, sentarse un rato conmigo, secarme las lágrimas y llevarme a su casa para darme sopa de estrellas y hacerme sentir menos solo. Y mi madre sabía dónde tenía que buscarme, porque sabía que en la casa de aquella vecina yo también tenía un refugio. La recuerdo queriéndome, porque me quería mucho.

No sé si en algún momento de su vida llegó a ser consciente de cuánto valor tenía para mí aquel momento, de cuánto bien me hacía aquella sencilla sopa de estrellas, o lo que fuera que me diera para que olvidara que el tiempo se había parado en aquella esquina por la que mi madre no terminaba de aparecer... No sé si llegó a saberlo. Por mucho que yo se lo pagara con "manojos" de jazmines, por mucho que le dejara escasos besos en el rellano del ascensor.

No pude decirle adiós, ni pude darle las gracias por ser parte de mi vida, ni por por secar mis lágrimas. No pude darle las gracias por formar parte de uno de los recuerdos más importantes de mi vida. Aunque sé que sabía que la quería, como ella me quería a mí.


Y sólo me queda, como consuelo, recordar que la última vez que la vi, bailaba.

viernes, 31 de julio de 2009

50 años de inhumanidad

Hace unos años visité, invitado por un buen amigo, el País Vasco. Antes de ir, me prometí a mí mismo disfrutar de la visita, del paisaje y de la gente, y dejar a un lado mi tendencia de convertir cualquier reunión social en un debate político. Lo hice porque me parece injusto formar parte de esa tendencia que vincula inmediatamente lo vasco con el nacionalismo, el independentismo o el separatismo terrorista. Y así lo hice: disfruté de unos días geniales, en lugares maravillosos y con la mejor compañía. Pero hubo un instante en el que mucho tuve que morderme la lengua para no romper mi juramento. Paseábamos por las calles de Vitoria mi amigo, una amiga de él y yo cuando al cruzar una esquina nos vimos, de repente y sin poder evitarlo, encabezando una manifestación en favor de la amnistía y el acercamiento de presos etarras. Obviamente, traté de disimular mi incomodidad y nerviosismo, me escabullí como pude y escapé normalizando el paso de aquella situación surrealista, que pronto desapareció por otra esquina cualquiera. Pero a pesar de lo grotesco de observar a todas aquellas personas, jóvenes y mayores, defendiendo lo inhumano, lo que más me llamó la atención de aquella situación fue lo siguiente: ante mi mordida de lengua, mi amigo sentenció un “qué asco”, referido obviamente a aquella manifestación, al que su amiga respondió con un espontáneo “bueno, tiene que haber de todo”. En aquel momento volví a contemplar aturdido cómo la implantación de una casi invisible normalización de la cuestión terrorista en el País Vasco lleva a personas nada sospechosas como aquella chica a no ver el horror de lo que la rodea por ser algo cotidiano, casi familiar. Y me dio por pensar en qué hubiera dicho ella si la manifestación, en vez de defender los supuestos derechos de unos asesinos escondidos en sus obsesiones territoriales, hubiera defendido el honor o el derecho a la libertad de los violadores de niños.

Se cumplen cincuenta años desde que comenzó este absurdo. Se cumplen cincuenta años desde que una banda de acomplejados asesinos decidió que la mejor manera de hacer efectivas sus reivindicaciones era sumir en el terror a todo un país, sesgar las vidas de cientos de personas inocentes y plagar de incontables y terribles daños colaterales a toda la sociedad. El 7 de junio de 1968 ETA asesinó al guardia civil José Pardines, de 25 años. Fue el primer atentado mortal reivindicado por la banda. Ayer, los mismos, o iguales, asesinaron a dos jóvenes que tenían más o menos mi edad y, seguramente, también las mismas ganas de vivir que yo. Asesinaron sus sueños. Asesinaron sus proyectos. Asesinaron las esperanzas que todos los que les querían tenían puestas en ellos. Asesinaron un poco más la esperanza que yo mismo tengo en que el ser humano pueda escapar de su propia atrocidad.

No, no tiene que haber de todo. Me niego en rotundo. No. La sociedad española en general, y la sociedad vasca en particular, tienen que eliminar cualquier resquicio de normalización del asesinato, sean cuales sean los motivos. No hay justificación para robarle los sueños a las personas. No. No hay frontera, idioma, cultura o reivindicación histórica que valga o justifique robarle a un hijo el abrazo de su padre, o a una madre la ilusión de ver a su hijo ser feliz. Porque en el momento en el que nos acostumbramos a convivir con sus rostros en nuestras calles, en que miramos a otro lado y nos hacemos inercia, en que comprendemos uno solo de sus motivos, completa o parcialmente, les estamos dando soplos, minúsculos o huracanados, para que despleguen sus alas y nos llenen de más sombras. No. No tiene que haber de todo. No tiene que haber inhumanidad. Nunca más.

lunes, 27 de julio de 2009

Esencias

Nací en Sevilla, la ciudad más preocupada por lo redondo de su ombligo y encantada de sus costumbres que he conocido jamás. Y, además, crecí en Triana, el barrio más tradicional de Sevilla. Toda mi infancia la pasé rodeado de rutinas y usos sociales que hasta entonces se habían mantenido prácticamente sin modificarse desde siglos atrás. Por mi barrio pasaban el panadero, el frutero en su camión amarillo, el vendedor de higos, el vendedor de camarones, el vendedor de flores, el afilaor, el tapicero (con esa grabación universal de su oferta en sillas, sillones, tresillos…), el de los huevos, blancos y morenos, el chatarrero, el de las alfombras, y un largo y colorido etcétera. Y todos se conocían el nombre, el piso y el número y profesión de los familiares de cada vecina. Porque entonces, a esas horas, sólo había vecinas. Y hoy, de todos aquellos negocios ambulantes sólo quedan algunos retales, más llevados por la inercia de la costumbre que por la necesidad.

Las noches de verano las mujeres se bajaban a la calle con sus sillas y sus batas de flores, y hasta altas horas de la madrugada ponían en pie toda la actualidad social de los alrededores tan sólo alimentadas con pipas de calabaza. Nosotros, los niños, nos comíamos los bocadillos que nuestras madres nos tiraban por la ventana para no pasar ni un segundo menos en la calle. Mi madre, además, me tiraba un cartucho de papel de plata con patatas y ketchup. Ahora, no hay niños en la calle, y las vecinas… Bueno, las vecinas siguen bajando a criticar, que esa costumbre no se pierde y da mucha vidilla.

Las vivencias de mi infancia, probablemente, no están muy alejadas en lo importante de las de la infancia de cualquier otra persona de barrio. Tal vez Triana tenga un añadido de tradicionalismo. Tal vez. Pero el tiempo pasa, la última década ha barrido más anclajes que muchos siglos atrás, y la gente se enfrenta a ello de dos maneras antagónicas: están, por un lado, los que reclaman las tradiciones como una garantía de la permanencia de los valores sociales; y, por el otro, los que se empeñan en avanzar desechando cualquier tiempo pasado mejor o peor, y centrándose en descubrir y relamer el atractivo de los nuevos usos sociales. Yo, y supongo que la mayoría de las personas “centradas” tampoco, nunca comprendí demasiado el afán por defender una u otra idea como contrarias, y siempre me decanté a pensar en que la lógica, el pragmatismo y un punto de romanticismo acaban por enjuiciar estos términos hasta colocarlos en su justa medida. Ésta “justa medida” es la que lleva a muchos a añorar el vinilo, y a casi ninguno a acordarse del casete.

El exceso de anclajes nos lleva en demasiadas ocasiones a sobrevalorar “lo de siempre”. Sevilla es un gran ejemplo de ello, preocupada por no perder en cada paso un poco de esa supuesta esencia inalterable e irrecuperable. Pero, del mismo modo, la tendencia a olvidar, minimizar o ningunear los valores positivos de ciertas viejas costumbres es igualmente contraproducente y doblemente estúpida.. Por ello, siempre defenderé la calle frente a la casa, la terraza frente al bar, el mail y el movil frente a la carta y la incertidumbre, las macetas frente a las flores cortadas, los tatuajes de pega frente a los piercing prematuros, la justa medida frente a la falsa velocidad. Porque el camino es dificil y largo, y bueno será el arbol o la sombrilla, mientras encuentres debajo un poco de sombra...

lunes, 20 de julio de 2009

La premisa

Si tuviéramos la oportunidad de volver a encender el televisor por primera vez y, lo que es más importante, si pudiéramos crear la televisión de nuevo, desde el principio, como si nada de lo que ha pasado hasta ahora hubiera pasado, qué no haríamos. Esa es la premisa. Una premisa que volvió a mi cabeza el sábado pasado, cuando mientras me arreglaba para la segunda borrachera del fin de semana escuchaba a lo lejos cómo Jordi y sus amigos celebraban el programa número 100 de 'La Noria' con una entrevista a Juliancito Contreras, hijo de Carmen Ordoñez, como celebración, a su vez, del quinto aniversario de la muerte de la divina en una bañera. Efemérides, morbo y baboso peloteo por un tubo, vamos.

El caso es que la premisa me viene dando vueltas por la cabeza desde hace bastante tiempo, desde que he aceptado que la dirección televisiva, hacia la que estaba dirigiendo mi futuro profesional casi inconscientemente, viene encontrándose desde el principio con un enorme problema: no hay casi nada en la oferta de la televisión que pueda motivarme, que pueda hacerme sentir útil o, al menos, que no sea perjudicial para la sociedad. Porque resulta que los grandes baluartes televisivos han convertido lo que podría haber sido una ventana constructiva en una sucesión de productos facilones, morbosos y, en demasiadas ocasiones, agresivos, que poco o nada tienen que ver conmigo o con lo que yo espero de mi profesión. Y para muestra, tres botones:

La Noria. Más allá de lo obvio, del despellejamiento rosa y el maniqueo debate político con periodistas dispuestos a todo por un buen cheque, lo que me repugna de este programa es que en un mismo recipiente se atrevan a mezclar sin miramientos el drama con lo burdo, lo importante con lo intrascendente, lo sucio con lo sagrado, y que el tono sea en todos los casos amarillo y grotesco. Todas las apariciones de Violeta Santander, previo pago y en fascículos, fueron de los ejemplos más bochornosos.

El diario de Patricia (sin Patricia). Vamos a coger a cualquier desgraciado, a cualquier pobre inculto, a cualquier desesperado, y tras un lavado de cerebro, vamos a mostrar sus desdichas para reirnos o para compadecernos, que eso da mucha audiencia y sale baratito. Y además, nunca está de más ver cómo los demás son más infelices que nosotros.

Sálvame (o cualquiera del palo). Lo que me molesta de la prensa del corazón no es realmente el disfraz de verdad, profesionalidad e interes público que venden cada día y a todas horas. Lo que me molesta es que se han insertado en los cimientos sociales hasta convertirse en unos peligrosos educadores de masas que empiezan a aspirar a formar parte de ese teatro de la pequeña pantalla en el que todo vale, y para el que cualquier trueque de vísceras es válido por uno o dos minutos de fama de mentira.

La crítica no va dirigida hacia los trabajadores de estos y otros programas abundantes y similares, que en la mayoría de los casos trabajan donde pueden y como pueden. La crítica es a todas las generaciones de programadores, productores, comunicadores, empresarios y, sobre todo, espectadores, que han ido desechando una a una preciosas oportunidades de convertir la televisión en una ventana útil, ambiciosa y divertida, en un medio más de llegar a los lugares a los que no podemos llegar.

Pero no. Probablemente ya no haya nada que hacer, el "qué no haríamos" de la premisa inicial es ya casi una utopía y sólo queda resignarse a algunas migajas de pan. Duro, claro. Y, por mi parte, a encontrar una nueva dirección mientras me conformo con esperar una llamada que me haga formar parte de algo de todo aquello. Qué remedio. Qué coraje.

viernes, 10 de julio de 2009

Sangre pixelada

Al despertar esta mañana he leído en el periódico que un toro ha matado a uno de los corredores en el cuarto encierro de Sanfermines. En portada, la cara y el cuello ensangrentado del fallecido, que murió poco después de ser operado. Pincho en la noticia, y visualizo el video completo del encierro, que viene a durar casi cinco minutos. Entre las carreras, los atropellos y algunos sustos más divertidos que impactantes, no logro encontrar el momento de la mortal cornada. Leo un poco más la noticia, y descubro que el fatal momento se produjo al comienzo de la carrera. Vuelvo a visualizar el video. Nada. Encuentro uno de los encontronazos entre un toro y varios mozos, y sospecho que en ese momento debió tener lugar el dramático suceso. Pero ni una imagen nítida de lo sucedido.

Un par de horas más tardes, algún videoaficionado ha prestado su grabación de la mañana al mismo periódico para que todos podamos disfrutar del preciso instante en el que el toro impacta contra el cuello del joven. Efectivamente, tenía razón, se trataba de ese encontronazo del que yo hablaba. El periódico nos repite un par de veces y a cámara lenta el impacto, que queda convenientemente elsalzado con los gritos de los allí presentes. Eso sí, pixela el rostro del fallecido. Y gracias. Tenía 27 años. Igual que yo.

Creo que tengo un criterio profesional considerable, y unos valores éticos bastante consistentes que, además, trato de implementar en una profesión – la periodística – necesitada de un profundo debate interno profesional e ideológico. Con ello, trato de ser también un espectador responsable ante una oferta mediática facilona, agresora y dificilmente asimilable. Pero hoy no critico al medio que expone la carne sangrienta y pixelada. No critico al aficionado veloz por colocarse la medalla de un falaz minuto de gloria. Hoy me descubro escupiendo mis decencias, dejándome llevar por la morbosa inercia de unos ojos y unas tripas acostumbradas, y tiemblo. Tiemblo por imaginar en qué nos estamos convirtiendo.

Os dejo la fotografía que, con total seguridad y por desgracia, más ojos querrán observar (porque no existe, aún, la del impacto del toro. Claro).
[FUENTE: ELPAIS.COM]